30 de octubre de 2008

Muerto de placer.

Muerto de placer.
Por Jonash



Mientras te esperaba en la puerta del restaurante no dejaba de mirar el reloj. La música de Chopin me encantaba, pero también me traía recuerdos de no tan lejanos abandonos.

Eran ya las nueve y media, no puedo negar que se me pasó por la cabeza marcharme del local, aún así algo me decía que debía quedarme, aunque esa noche cenara sólo.

Al poco tiempo apareciste radiante, como un arco iris al que todos se quedan mirando, como una ocasión excepcional, como si para el mundo se hubiera hecho domingo.

Yo, atónito, sin poder mirarte más que a las manos respondí, casi inerte a tu saludo y acerqué mi boca a tu mejilla con los ojos cerrados. Pude sentir levemente el aroma agradable de tu perfume. Hipnotizado te seguí hasta la mesa, te ofrecí un pequeño libro de regalo.

El camarero nos trajo la carta y me alivió contemplarla durante un rato para disimular mis nervios. Crujiente de bacon con vieras y entrecot con salsa de setas para ti y bombón de pollo y canellonis de calabaza con bolletus para mi.

Elegimos un vino rosado de Rivera del Duero y lo probamos. Estaba al gusto de ambos. Mientras degustábamos el primer plato la conversación giró en torno al trabajo. El tuyo en un barco, el mío en la música.

No fui capaz de mirarte a otra cosa que no fueran las manos durante toda la cena y el segundo plato no era una excepción. Tus manos me transmitían calma, aún así no pude sucumbir a mi timidez y observar tu rostro.

Charlábamos sobre comida mientras disfrutábamos de los sugerentes matices de nuestro ágape. Llegaron los postres. Banoffi para mi y trío de sorbetes helados para ti.

Mientras, tu voz acariciaba mis oídos con palabras sobre literatura. Tras el café te ausentaste para visitar el excusado, momento que utilice para pagar la cuenta.

Al volver tú decidimos dirigirnos a la playa para pasear un poco. Agradecimos la cena al personal y caminamos hacia una pequeña cala situada bajo un faro.

En ese momento me di cuenta de que era la mejor noche de mi vida. Después de caminar un poco por la playa nos sentamos en la arena y ambos nos dejamos abrazar por la luz del plenilunio.

Fue en ese instante y solo en ese cuando decidí alzar la vista y mirarte a la cara. Lo que vi fue lo más hermoso que puede haber visto un hombre sobre la tierra. Tu sonrisa. Un escalofrío me recorrió enseguida y sentí cómo mi corazón se abría, cómo salía de su cárcel costal.

En mi certificado de muerte figura una causa desconocida hasta entonces. Había muerto de... placer.